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¿QUÉ OCURRIRÁ TRAS LA MUERTE DE FIDEL CASTRO?
CONVERSACIÓN EN LOS FUNERALES DEL COMANDANTE
Carlos Alberto Montaner
Número 1, 28 de enero de 2007
INTRODUCCIÓN
EL HEREDERO
TRES SOFISMAS Y UNA VERDAD OCULTA
LAS RAZONES DEL CAMBIO
LA ALTERNATIVA BOLIVARIANA
EL MODELO CHINO
¿CAMBIAR EN QUÉ DIRECCIÓN?
EL DESTINO DE LAS INSTITUCIONES Y DE LOS LOGROS
LA TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA
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EL
HEREDERO
¿Sobre qué bases reales se
asienta el poder del general Raúl Castro?
Raúl, en gran medida, tiene el
control del aparato policíaco-militar y del Partido
Comunista. Durante muchos años ha ido colocando a
personas de su entorno en puestos de importancia.
Sin
embargo, su peso en la Asamblea Nacional del Poder
Popular, en los sindicatos, en el aparato cultural y en
las otras organizaciones de masas es considerablemente
inferior.
¿Es indiscutible su liderazgo?
No. Raúl fue designado por su
hermano como heredero, y nadie le niega “méritos
revolucionarios”
-su
destacada participación en la ya remota lucha contra
Batista-,
ni ciertas dotes como organizador, o su carácter de buen
padre de familia, dato desconcertante que carece de
importancia cuando recordamos que Adolfo Hitler era una
persona cariñosa con sus allegados, pero la percepción
general es que es una persona mediocre y sin ideas,
aunque menos caótico que su hermano. Raúl, no obstante,
es un ser humano con cierto balance emocional que le
permite conjugar la dureza contra sus enemigos con una
dosis afectiva genuina por sus allegados, sin ese
detestable narcisismo que caracteriza al Máximo Líder.
Naturalmente, no posee la fuerte personalidad ni el
carisma de Fidel. Además, a lo largo de casi medio siglo
se ha granjeado la antipatía y el rencor de muchos de
los miembros del aparato que fueron marginados de la
cúpula en medio de las luchas burocráticas. Nadie le
discutía a Fidel el liderazgo político del país, o el
derecho a castigar o premiar a quien deseara sin dar
explicaciones, pero hay numerosos dirigentes que creen
tener más méritos y talento que Raúl, y que no aceptan
sus decisiones sin que antes o después tenga que
justificarlas. Esa es la diferencia entre un caudillo
indiscutible y
un mero jefe.
¿Quiénes, por ejemplo,
cuestionan el liderazgo de Raúl?
Potencialmente, muchísimas
personas. En las Fuerzas Armadas, todos los oficiales
que pasaron por las buenas academias soviéticas y luego
se foguearon en Angola y Etiopía. Para éstos,
Raúl es un
militar improvisado. Los tecnócratas como José Luis
Rodríguez, Francisco Soberón
o Abraham Macique podían
aceptar las imposiciones de Fidel en el terreno
económico, porque Fidel era un sabelotodo, aunque a
ciencia cierta no fuera más que un diletante temerario
afectado por una irreprimible tendencia a experimentar,
pero a Raúl no lo respetan en ese terreno.
Lo mismo le
sucede en los asuntos diplomáticos en su relación con
Ricardo Alarcón o en los culturales desde la perspectiva
de Abel Prieto, Roberto Fernández Retamar o Eusebio
Leal. Nadie en la cúpula se subordina intelectual y
emocionalmente a Raúl Castro como lo hacían con Fidel.
Esa diferencia no es irrelevante.
¿Interviene en este fenómeno el
factor psicológico?
Por supuesto. Ese aspecto es vital.
Fidel Castro le ha impuesto su sello personal al
gobierno cubano hasta extremos increíbles. Las
instituciones no han servido para nada durante su
prolongado mandato. Jamás ha habido una administración
colegiada, pero toda la clase dirigente ha aceptado esa
situación sin protestar porque se trataba de Fidel. Un
hombre como Carlos Lage, que es un administrador
laborioso, austero, razonablemente eficiente (aunque sin
destellos de genialidad) en medio del desastre general
del país, ha vivido y aceptado durante veinte años
la
arbitraria jefatura de Fidel, por el carácter
excepcional del Comandante, pero la de Raúl la tomaría,
como dice la frase latina, “con un grano de sal”. A
Fidel le suponían genialidad, inteligencia, memoria,
formación e información cultural, y le atribuían la
proeza de haber descabezado la dictadura de Batista y
sobrevivido a la hostilidad norteamericana, aún tras la
desaparición de la URSS, pero Raúl es otra cosa. Otra
cosa menor concebida a una escala humana. A Raúl no le
reconocen ningún síntoma de grandeza. Ni siquiera los
hombres de confianza de Raúl
-Abelardo
Colomé Ibarra, José Ramón Machado Ventura, Jaime Crombet,
Julio Casas Regueiro-
acatan su jerarquía como consecuencia de la (limitada)
admiración que les despierta, sino como resultado de un
sistema de amistad personal y apoyos mutuos basados en
la conveniencia recíproca.
¿Y qué sucede con los jóvenes
talibanes?
Ése es un liderazgo muy débil
fundado en la selección arbitraria de Fidel, dado que
muchos de ellos provenían del llamado Grupo de apoyo
al Comandante. Desaparecido Fidel, el peso de estos
jóvenes, más allá de que tengan o no talento, se
desvanece y deben establecer una trama
de alianzas para
sobrevivir políticamente. Felipe Pérez Roque, Otto
Rivera, Hassan Pérez,
Juan Contino Aslan, Carlos Manuel
Valecianga apenas tienen anclaje en las instituciones y,
desde luego, significan muy poco para la opinión pública.
Es una situación parecida a la de Randy Alonso, Lázaro
Barredo, Reinaldo Taladrid y Rogelio Polanco, los
usuales contertulios de Castro en la Mesa Redonda: son
estrellas mediáticas coyunturales sin peso
específico propio ni leyenda personal acreditada, aunque
algunos procedan del Ministerio del Interior, como
sucede con Taladrid y Barredo.
Pero quedan los viejos
Comandantes
Todos con setenta y cinco años,
ancianos y achacosos, atados a la antigua leyenda de la
Sierra Maestra. Ni Juan Almeida, Ramiro Valdés o
Guillermo García hicieron aportes significativos a l
a
labor de gobierno a lo largo de medio siglo. A ninguno
de ellos se le tiene por especialmente talentoso.
Ramiro, por otra parte, que fue Ministro del Interior
durante mucho tiempo, es percibido como un represor,
como el Beria cubano, y ése es un papel escasamente
atrayente. Los tres, además, sotto voce
son acusados por sus compañeros de haber vivido como
millonarios en un país en el que las limitaciones
materiales a veces afectaban a la propia clase dirigente.
En un gobierno que ha predicado la austeridad y el
igualitarismo hasta la exasperación, y en el que la
pobreza y la escasez son la tónica reinante, molestaban
las casas suntuosas,
los yates de recreo y el uso de los
recursos de la nación para complacer a las ex esposas o
ex compañeras sentimentales de estos personajes.
Continuar al próximo capítulo:
TRES SOFISMAS Y UNA VERDAD OCULTA |