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¿QUÉ OCURRIRÁ TRAS LA MUERTE DE FIDEL CASTRO?
CONVERSACIÓN EN LOS FUNERALES DEL COMANDANTE
Carlos Alberto Montaner
Número 1, 28 de enero de 2007
INTRODUCCIÓN
EL HEREDERO
TRES SOFISMAS Y UNA VERDAD OCULTA
LAS RAZONES DEL CAMBIO
LA ALTERNATIVA BOLIVARIANA
EL MODELO CHINO
¿CAMBIAR EN QUÉ DIRECCIÓN?
EL DESTINO DE LAS INSTITUCIONES Y DE LOS LOGROS
LA TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA
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LA ALTERNATIVA
BOLIVARIANA
Sin embargo, el gobierno cubano
-o al menos una parte-
no parece creer que es inevitable la transición hacia la
democracia y la economía de mercado. Fidel Castro
deja
como herencia la tarea de continuar la revolución de la
mano de Hugo Chávez
para construir lo que el venezolano
llama “la revolución bolivariana y el socialismo
del
siglo XXI”
Es cierto. La alternativa al cambio
que Fidel Castro propone al final de su vida es
continuar con
la “revolución bolivariana y el socialismo
del siglo XXI”. ¿En qué consiste esa propuesta? Consiste
en conquistar políticamente a los países de América
Latina para enfrentarlos a
Estados Unidos y al primer
mundo mientras se desarrolla alguna variante del
colectivismo en
las sociedades que consigan reclutar
para esta peligrosa aventura. Felipe Pérez Roque lo
explicó en un discurso pronunciado en Caracas en
diciembre de 2005. Vino a decir que La Habana y Caracas
habían asumido la responsabilidad de dirigir la
revolución en el mundo, sustituyendo
en esa tarea a la
desaparecida URSS y a la fatigada Europa, ya corrompida
por el capitalismo. Poco antes, Carlos Lage afirmó que
Cuba tenía dos presidentes: Fidel Castro y Hugo Chávez.
Sin embargo, no parece probable que Raúl Castro se
empeñe seriamente en esa tarea.
¿Por qué Raúl rechazaría esta
tarea legada por su hermano y mentor?
Porque el pueblo cubano, y muy
especialmente la clase dirigente, saben que el país ya
perdió cuarenta años inútilmente “haciendo la revolución”
y persiguiendo utopías inalcanzables.
La búsqueda del
hombre nuevo condujo a sembrar la sociedad de
ciudadanos hipócritas escondidos tras una doble moral.
Los cementerios cubanos en África no sirvieron para
nada.
Las guerrillas en Sudamérica y todos los esfuerzos
subversivos sólo contribuyeron a empobrecer a los
cubanos. Se tergiversa la historia de la guerra en
Angola o de la independencia de
Namibia (y se silencia
la aventura en Somalia) para justificar los absurdos
sacrificios impuestos
al pueblo cubano, pero nadie
ignora que esos son los pretextos de Castro para ocultar
su napoleonismo caribeño y su voluntad de clavarse en la
historia a cualquier precio.
Los experimentos económicos
destruyeron los fundamentos de la producción nacional,
incluida
la centenaria industria azucarera. ¿Quién en
sus cabales puede reeditar esas pesadillas de la
mano
nada menos que de Hugo Chávez, medio siglo más tarde?
Raúl, que ya pasó la rubéola ideológica, aunque no tiene
el menor instinto democrático, está más cerca de la
cínica madurez
de los chinos y vietnamitas, decididos a
globalizarse, a privatizar (dentro de ciertos límites) y
a hacer buenos negocios con Estados Unidos y el Primer
Mundo, que del infantilismo pendenciero del chavismo. Ya
Cuba y ellos mismos
-exceptuado
Fidel-
superaron la fase del “internacionalismo revolucionario”.
¿En qué se parecen o se
diferencian el socialismo de los soviéticos y el
castro-
chavismo bolivariano?
En primer lugar, en el método para
llegar al poder. Los “bolivarianos” abandonan la lucha
de clases, las protestas obreras y la convocatoria a una
huelga general definitiva con que soñaban
los
marxistas-leninistas (que no sucedió en ninguna parte,
por cierto). También renuncian a las guerrillas
campesinas a lo Mao o, en alguna medida, a lo Castro. El
método chavista, deducido de la experiencia venezolana y
hoy elevado a estrategia universal, es recurrir a las
elecciones, plantear una constituyente que concentre el
poder en las manos del Ejecutivo, fomentar el
clientelismo de los más pobres mediante medidas
populistas efectivas, pero de alcance real limitado, y
luego comenzar a desmantelar el Estado de derecho y la
economía de mercado, imponiendo, finalmente, una suerte
de dictadura dirigista.
¿Y qué ocurre en el plano
internacional?
Como especulaba Lenin en el 17 (tras
el análisis de Trotski), o Castro desde el 59 hasta
nuestros días, Chávez está convencido de que “el
socialismo del siglo XXI” que se propone implantar en
Venezuela sólo puede sobrevivir si crea una vasta red de
complicidad internacional para enfrentarla a lo que
llama “el imperialismo”, y muy especialmente a Estados
Unidos.
No cree posible que su socialismo del siglo XXI
pueda sobrevivir en un solo país. Aunque los métodos
para tomar el poder son diferentes a los empleados por
los soviéticos, los objetivos
son los mismos: destruir
al primer mundo capitalista y reemplazarlo por una
sociedad igualitaria
y solidaria en la que ni siquiera
sea necesario el uso del dinero porque los trueques y
los impulsos filantrópicos reemplazarían al dinero y al
individualismo egoísta. Chávez, como Castro, son dos
utópicos armados con pistola.
Pero podría suceder que el
castro-chavismo tuviera éxito y, finalmente, se
consolidara un eje bolivariano en América Latina
que le sirviera de sostén a una Cuba empeñada
en el
colectivismo.
Eso es muy improbable. Hasta ahora
hay unos cuantos países muy pobres que van camino de
convertirse en protectorados de Venezuela. Este es el
caso de Bolivia y tal vez Nicaragua
marche por la misma
senda de la mano de Daniel Ortega. Está por verse lo que
hará el señor Correa en Ecuador. Pero si la URSS, que es
era el país mayor y potencialmente más rico del planeta,
junto a naciones viejas y sabias como Alemania del Este,
Checoslovaquia, Hungría y Polonia, se hundieron en la
ineficiencia y la mediocridad, ¿qué puede esperarse de
un frente revolucionario integrado por Venezuela,
Bolivia, Cuba, Nicaragua y, llegado el caso, Ecuador?
Las probabilidades de que ese experimento fracase son
casi todas.
Pero Venezuela es muy importante
como fuente de subsidios petroleros y financieros
Así es. Los ciento ocho mil
barriles diarios de petróleo que Caracas dona a La
Habana (aunque disfrace esas transacciones de
intercambios), más el generoso financiamiento de
numerosas compras, son una ayuda importante para el
gobierno cubano, pero la cúpula dirigente sabe que el
precio de acompañar a Chávez en sus delirios de
conquista planetaria es demasiado oneroso y
comprometedor. Nadie en los círculos de poder respeta
realmente a Chávez (en privado le llaman “el Loco” y se
ríen de él), y muy poca gente cree que ese país
desorganizado, controlado por un gobierno profundamente
corrompido, claramente rechazado por la mitad de la
sociedad, puede convertirse en la estable metrópolis
revolucionaria del mundo. Lo probable, pues, es que ese
fallido experimento venezolano en algún momento termine
mal y abruptamente, lo que significaría un golpe mortal
para el gobierno cubano en la medida en que dependa de
Caracas.
Si algo aprendieron los dirigentes cubanos tras
la debacle de la URSS y sus satélites, es que una
sociedad no puede confiar su destino a factores ajenos
alejados a su control. El fin del chavismo
-que
llegará en algún momento como consecuencia de la propia
naturaleza caótica del gobierno
y de su líder-
significaría la muerte súbita de la revolución o el
inicio de otro agónico periodo especial.
Sólo alguien muy irresponsable podría jugarse el futuro
de Cuba a esa carta de
dudoso destino.
Continuar al próximo capítulo:
EL MODELO CHINO |