¿QUÉ OCURRIRÁ TRAS LA MUERTE DE FIDEL CASTRO?

CONVERSACIÓN EN LOS FUNERALES DEL COMANDANTE

Carlos Alberto Montaner


Número 1, 28 de enero de 2007


INTRODUCCIÓN

EL HEREDERO

TRES SOFISMAS Y UNA VERDAD OCULTA

LAS RAZONES DEL CAMBIO

LA ALTERNATIVA BOLIVARIANA

EL MODELO CHINO

¿CAMBIAR EN QUÉ DIRECCIÓN?

EL DESTINO DE LAS INSTITUCIONES Y DE LOS LOGROS

LA TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MODELO CHINO

Queda, sin embargo, la opción del modelo chino, que parece gustarle a Raúl Castro

Sí, pero primero hay que entender qué no existe ese supuesto modelo chino. Tras la muerte
de Mao, que era, como Fidel, un visionario terco totalmente indiferente a la realidad, los reformistas chinos, que conocían los “milagros” económicos de Taiwán, Hong Kong y Singapur, protagonizados por chinos como ellos, entendieron que debían poner fin a la locura colectivista, permitir y estimular la empresa privada, sacar paulatinamente al Estado de las actividades económicas y vincularse intensamente al mundo desarrollado. En último análisis, eso era lo
que habían hecho los tigres asiáticos. Ellos
-la China continental- podían convertirse en el
mayor tigre asiático del mundo, pero tenían que abandonar las supersticiones del marxismo.

Pero esas reformas partieron de un modelo

No, partieron de una convicción melancólica que se resume en una frase escueta:
“el colectivismo marxista no funciona”. A partir de ese punto comenzó un proceso de reformas improvisadas que no fijaba límites ni calendarios en el terreno económico, y que se iba acelerando en la medida en que se hacían evidentes los logros obtenidos. El país crecía en torno al 10% anual como conjunto, pero había zonas que crecían al ritmo del 20 y el 25, mientras se ampliaba el círculo de las actividades privadas. Tan importante como el hecho de que existan numerosas empresas capitalistas era el florecimiento de decenas de miles de escuelas privadas y el abandono de las comunas campesinas en beneficio de las explotaciones agrícolas privadas. Sólo había una zona en la que (por ahora) estaba prohibida la actividad de los individuos: la lucha política.

Sin embargo, se seguía venerando a la figura de Mao

Pero como un ejercicio retórico sin ningún contenido real. Si se renunciaba a las comunas campesinas y a la penetración política en el tercer mundo; si se entronizaba la propiedad
privada, se limitaba drásticamente el peso del Partido Comunista en la dirección de la economía y se cooperaba con las naciones de Occidente en todos los terrenos, ¿qué quedaba del maoísmo? Lo único que falta es denunciar públicamente a Mao como el terrible déspota y genocida que fue, pero eso aún tomará cierto tiempo.

¿Hasta dónde llegaría Raúl Castro si toma el camino chino?

Insisto: el camino chino no tiene fin. Es un camino, no una meta. Una vez que se entra en un proceso de reformas como el emprendido por los chinos los resultados y las coyunturas van ampliando los horizontes, lo que, a su vez, precipita a los dirigentes a improvisar sobre la
marcha. Son procesos abiertos. En todo caso, la distancia cultural, demográfica, geográfica e histórica entre China y Cuba es abismal. Raúl puede tomar la decisión de abrir sustancialmente
la economía cubana y todos lo aplaudirían, pero los resultados, aunque alivien la miserable
forma de vida de los cubanos, no serían semejantes a los de China.

Pero las reformas que Fidel Castro autorizó en los noventa (y luego revocó comenzado el nuevo siglo) ¿no forman parte de una visión china? Raúl puede retomar ese camino

Fracasaría. En los noventa Fidel Castro se limitó a hacer unas reformas menores con el objeto
de capear el temporal, no de cambiar el sistema. Lo que logró con esos mínimos cambios fue lo peor de ambos mundos: desigualdad sin desarrollo. Los chinos permiten la desigualdad como parte del costo del desarrollo, pero en el colectivismo híbrido diseñado por Castro sólo se enriquecen unos pocos, mientras se practica el más repugnante apartheid contra los cubanos. Por otra parte, los inversionistas serios que se acercaron a Cuba en la década de los noventa comprobaron los riesgos de invertir en un país en el que la ley no significa nada. Ese sistema
de inversiones conjuntas entre el Estado y los capitalistas extranjeros para la común explotación de los trabajadores cubanos no puede reeditarse como fórmula para lograr salir de la miseria ni para ilusionar a una sociedad que ya comprobó sus pésimos resultados.

¿Y no estarían los chinos interesados en invertir en Cuba y captarla para su bando?

No tendría sentido. Los gobernantes chinos del siglo XXI no ven el mundo como un campo
de batalla entre Oriente y Occidente. Estados Unidos es el mayor socio comercial de China. China posee novecientos mil millones de dólares en reserva. Pekín entiende que lo que le conviene es que Estados Unidos tenga una economía saludable para que siga consumiendo productos manufacturados en China. Hace cierto tiempo, cuando el presidente brasilero Lula
da Silva trató de reclutar al Primer Ministro chino para incorporar a ese país junto a la India y Sudáfrica en un eje más o menos antioccidental, se encontró con una cortés negativa. China no está interesada en pugnar con Estados Unidos, Japón o Europa. Lo que quiere es formar parte del primer mundo, no destruirlo. Hace diez años la economía de China era del tamaño de la brasilera. Hoy es tres veces mayor. Y esa exitosa estrategia no la va a comprometer respaldando a un gobierno militante e infantilmente dedicado al antiyanquismo o a construir utopías ridículas.
Si Raúl Castro quiere seguir comprándole ollas arroceras o vendiéndole níkel a Pekín nadie se
lo impedirá, pero los chinos no convertirán esas exiguas relaciones comerciales en un elemento de fricción con el primer mundo, y mucho menos con Estados Unidos.

LA APERTURA

Si la vía bolivariana conduce al fracaso, la china es un espejismo y el modelo cubano de joint ventures demostró sus limitaciones y se agotó, ¿qué opciones reales le quedan a la Cuba que hereda Raúl Castro a los 75 años?

Una opción, por supuesto, es no hacer nada. Poner más policías en las calles, intimidar con mayor saña a la población, contemplar como la base material y moral del país se degrada progresivamente, mientras los cubanos se vuelven más desilusionados y cínicos, sin otra esperanza que “sacarse el bombo”, construir una balsa o seducir a un o una turista para escapar de Cuba, como han hecho los hijos y familiares de tantos dirigentes, hasta que algún día estalle una ola de violencia como consecuencia de las penurias y la insatisfacción general. Otra opción,
la más madura, sería abrir los cauces de participación de la sociedad para, entre todos, buscar una salida consensuada a la situación en que se encuentra el país. Ni siquiera hay que elegir expresamente el camino del cambio: por donde hay que empezar es por reconocer que existen otras voces diferentes a la del Partido Comunista (que en medio siglo no ha conseguido solucionar los problemas más elementales de la población), y disponerse a escucharlas.

¿Se refiere usted al diálogo entre el gobierno y la oposición?

Sí, pero no sólo a eso. Desde 1989 una persona tan respetable como el desaparecido Gustavo Arcos, entonces al frente del Comité Cubano de Derechos Humanos, propuso crear una mesa abierta de discusión entre el gobierno y la oposición y la respuesta fue el acoso político y el encarcelamiento de miembros de su grupo y de su familia. Una verdadera apertura comienza
por admitir que los cubanos creen legalmente asociaciones políticas o de cualquier tipo y
puedan reunirse entre ellos para discutir en total libertad. En España, antes de la muerte de Franco, cuando las autoridades comprendieron que era imposible seguir sosteniendo la ficción
de que “el Movimiento”
-el partido único del franquismo- representaba a la totalidad de la sociedad, se aprobó una ley de asociaciones y las agrupaciones políticas comenzaron a surgir dándole sentido y forma a diferentes corrientes de opinión. Organizaciones como las Damas de Blanco, personas como Osvaldo Payá, Vladimiro Roca, Héctor Palacios, Elizardo Sánchez, Martha Beatriz Roque, Laura Pollán, Oscar Espinosa, Gisela Delgado, Dagoberto Valdés,
Juan Carlos Gnzález Leiva, Julia Cecilia Delgado, León Padrón, Miriam Leiva, Luis Cino,  y tantos otros, son cubanos inteligentes e instruidos que dirigen grupos que tienen mucho que aportar para solucionar los graves problemas que afectan al país.

Pero el gobierno cubano alega que los disidentes son instrumentos de la embajada norteamericana y, por lo tanto, se niega a hablar con ellos o a considerarlos como una oposición respetable

Sí, pero ésa es una falacia para no tener que admitir que la sociedad cubana, como todas, está compuesta por millones de personas que albergan diferentes puntos de vista y pueden y deben agruparse en distintas tendencias. Si hay algo realmente contra natura es la uniformidad impuesta por los gobiernos totalitarios. Es verdad que varias naciones occidentales les prestan algún tipo de ayuda a los cubanos demócratas -ese mismo fenómeno, por cierto, se observó en Europa central durante la época de la Guerra Fría-, y más que ninguna Estados Unidos, pero ese tipo de solidaridad forma parte de la lógica del estado cubano. ¿No reclama el gobierno de La Habana su derecho a ejercer el “internacionalismo revolucionario”? En ese caso, la coherencia lógica debe llevarlo a admitir el derecho al “internacionalismo democrático” que tienen sus adversarios. Si la dictadura, durante décadas, les ha brindado todo tipo de ayuda a los grupos afines al comunismo, ¿cómo es posible que les niegue a las democracias el derecho a hacer lo mismo con los disidentes cubanos que intentan agruparse en asociaciones pacíficas para solicitar pluralismo
y democracia?

¿Qué harían esas asociaciones?

Las asociaciones hablan, publican papeles, comunican ideas, captan miembros. Es vital que todos los cubanos puedan expresarse sin miedo a ser agredidos por las turbas o a ser encarcelados. Pero no sólo se trata de los demócratas de la oposición. Dentro de las filas del gobierno hay personas inconformes con la línea oficial que también deben tener acceso sin miedo a las tribunas. Las hay en las universidades, en los claustros de profesores y en el estudiantado. Las hay en los sindicatos. Sabemos que hay dirigentes sindicales medios en Cuba que están dispuestos a defender públicamente que los trabajadores cubanos puedan utilizar la moneda nacional al cambio oficial en todos los establecimientos. Quieren acabar con el apartheid monetario porque les indigna que el gobierno les pague a los trabajadores en una moneda inservible y que, además, les haga trampas con un sistema cambiario que es una verdadera estafa. Nada extraordinario va a suceder porque unas personas opinen de manera diferente al gobierno. Hoy, por ejemplo, bajo la dirección del ingeniero Dagoberto Valdés, un grupo católico de Pinar del Río publica la excelente revista Vitral -una excepción que confirma la regla de la censura general-, y el régimen no ha colapsado: son sólo opiniones distintas, muy sensatamente defendidas, que contribuyen a la comprensión general de los asuntos comunes y a la solución de los conflictos. Ninguna sociedad puede progresar si se impide el libre examen de los problemas generales.

¿Y los presos políticos?

En todos los países que han intentado una apertura se ha puesto en libertad a los presos
políticos de forma inmediata. En las cárceles cubanas hay gente valiosísima, como el Dr. Oscar Elías Biscet, Héctor Maseda, Regis Iglesia, Jorge Luis García (Antúnez) y tantos y tantos imposibles de mencionar. Son personas que pueden y deben contribuir enormemente a la pacífica transformación del país. Tienen ideas y buena voluntad. Es una vergüenza que Cuba sea el único país de América Latina en donde existen presos políticos: más de trescientos según las denuncias de Amnistía Internacional. Y es criminal la forma cruel en como son maltratados tanto ellos como sus familiares.

¿A dónde conduciría esa apertura?

La apertura no necesariamente significa transición, pero es un requisito previo. La apertura es sólo el derecho a ejercer la libertad de asociación y de prensa, el fin del acoso policial y de las turbas parapoliciales que realizan actos de repudio, más la excarcelación de los presos políticos. Pero hasta ese punto todavía no se puede hablar de cambios ni de transición. La apertura puede hacerse sin siquiera modificar la legislación de la dictadura. Teóricamente, la vigente constitución del país garantiza estos derechos, aunque luego, en la práctica, se conculquen ilegalmente. 

Continuar al próximo capítulo: ¿CAMBIAR EN QUÉ DIRECCIÓN?